El Eco de la Sierra
En estos días pasados de Navidad resonaban, y se leían por todos los lados, eslóganes como “Que la suerte te acompañe”, para anunciar la lotería o “Suerte en este año nuevo”, para desear buenos deseos en el año que acaba de comenzar. Para Francisco estos eslóganes y estás fórmulas hechas no tienen ningún significado. La suerte y él nunca han sido buenos amigos. En cambio, con la soledad y la desazón tiene una íntima amistad forzada por las circunstancias.

Acaba de llegar al centro de acogida San Juan de Dios, donde cena, duerme y desayuna actualmente. Viene de trabajar, aunque hoy no ha sido un día especialmente bueno. Trabaja con una empresa subcontratada, sin derechos de nada, ningún tipo de paga y hoy se ha enfadado con la jefa y se ha ido. “Hay gente que sí que cobra pagas, y yo que estoy trabajando haciendo de todo no cobro ni un duro extra”, se queja. No es nuevo en el mundo de la albañilería. La primera vez que empezó a trabajar en Madrid fue como obrero en el Ensanche de Vallecas, pero el encargado le dijo que no necesitaba a más gente y le trasladaron adonde está ahora: San Sebastián de los Reyes, en la periferia de Madrid.

Su historia es muy parecida a la de las otras 30.000 personas sin hogar que se estima que hay en España. Se las puede encontrar en cualquier parte de cualquier ciudad, despreciadas por la sociedad como si no fueran seres humanos. La mayoría de los servicios sociales destinados a las personas sin hogar se mantienen mediante la Iglesia y no por la administración pública. Según un estudio realizado por el sociólogo Pedro Cabrera, únicamente el 21% de los centros y servicios tienen titularidad pública y, de 155 centros de titularidad pública, el 42% son gestionados por organizaciones privadas. Según Cristina, trabajadora social del SAMUR, en Madrid, “Siempre que se tiene que recortar dinero se recorta de lo social”, aun así, el Ayuntamiento hace un trabajo exhaustivo para saber cuántas personas hay en esta situación. “El SAMUR ha hecho un recuento en verano y otro en invierno. Vamos una noche andando por lo que es la almendra de Madrid y contamos cuantas personas viven en la calle”, añade Cristina.

Llegar a ellos tampoco es fácil en muchas ocasiones. El rechazo que sufren por parte de la sociedad es el mismo que aplican ellos cuando alguien les quiere ayudar. Así, Cristina cuenta que una vez, intentando entablar conversación con una persona sin hogar que descansaba al calor de un cajero automático, ésta le replicó lo siguiente: “¿En este país no se puede ser pobre? No he molestado a nadie, vivo con lo que puedo y tengo recogido el lugar donde estoy. ¿Por qué se empeñan en ayudarme si no he pedido ayuda?”.

Francisco cayó en este círculo al volver de la mili. Su historia comenzó a torcerse desde muy pequeño, cuando sus padres se divorciaron y le metieron en un colegio del Estado. Allí estuvo hasta los 16 años, momento en el que se fue a cumplir con el servicio militar. Después se reenganchó a la legión durante tres años en Canarias, pero lo dejó porque el ejército no le gustaba. “Antes no se pagaba y no estaba mirado como ahora”, cuenta. Cuando volvió no tenía nada. Además, la mala fortuna se empezaba ya a cebar con él. Según relata, al llegar de nuevo a Tarragona, donde vivía, se enteró de que su novia se había muerto tiempo atrás. “Fue un palo muy duro, no me lo creí hasta que fui al cementerio y vi la tumba”. Después pareció que la vida le dio un giro de 180 grados cuando se casó con una mujer de etnia gitana con la que tuvo 5 hijos y fue feliz. Pero la alegría duró relativamente poco. “Me echaron de casa mi mujer y mi suegra por quedarme sin trabajo hace 3 ó 4 años”, relata mientras se pone en su cara un rostro nostálgico.

“Cuando me echaron estuve bastante tiempo en Tarragona en la calle durmiendo en un parque haciendo mi vida, hasta que decidí irme a la vendimia. Cuando acabó pagué la casa y me vine para Madrid”.Sin embargo, Francisco se enamoró de una chica en Tarragona tiempo después de que le dejara su mujer, pero tras estar trabajando un tiempo con ella en la vendimia no volvió a saber nada más. “He querido escribirla, pero lo que me falla es el número del portal”, dice. “Yo he hecho cosas por ellas que no he hecho por mi mujer porque no se lo ha merecido”. Una vez más, la mala suerte disfrazada de amnesia puntual.

A él la sociedad no le ha tratado del todo mal. Ha podido vivir de lo que la gente le ha dado por la calle y ha encontrado un trabajo más o menos estable que le proporciona lo suficiente para no tener que depender de limosnas, pero muchas veces se siente solo. Una soledad que no le agobia, porque como él dice “Más vale ir solo que mal acompañado”.¿Se referirá a la mala suerte?