Por Jorge Gálvez Recuero
En la segunda mitad de la década de los cincuenta aterrizan en la sierra de Madrid los rodajes de las primeras superproducciones de estudios de Hollywood en suelo español: Alejandro el Grande (Alexander de Great, 1956) de Robert Rossen; y Orgullo y pasión (The pride and the passion, 1957) de Stanley Kramer. Ambas son precursoras de nuevos proyectos para los que descubren las ventajosas condiciones que ofrece la zona: la pluralidad de paisajes y escenarios naturales del entorno, las facilidades para obtener licencias para los rodajes por parte de las autoridades de la época, los bajos costes técnicos y humanos, y la cercanía de la gran urbe madrileña. De su mano vendrán las grandes estrellas de allende los mares, artistas de la talla de Cary Grant, Sofía Loren, Frank Sinatra o Richard Burton compartirán planos, momentos y parajes con aldeanos que jamás pensaron que en un futuro no muy lejano, aquellas figuras que acostumbraban a ver estáticas en el papel de los afiches de óleo y acuarela o en movimiento, sobre el lienzo de una pantalla de cine, cruzarían sus miradas y estrecharían sus manos.
El rodaje de Orgullo y Pasión recorre, entre otras muchas localizaciones del territorio español, Hoyo de
Manzanares, La Pedriza, Colmenar Viejo, El Escorial y San Lorenzo de El Escorial; en este último municipio la belleza del majestuoso monasterio cobra un protagonismo innegable. Sirven de escenario para Alejandro el Grande, El Molar, Manzanares el Real, La Pedriza y Rascafría.
Pero, fuera de toda duda, la persona más influyente en la sierra madrileña resultó ser una de las más influenciadas por ella. El productor Samuel Bronston sucumbió ante el encanto que ofrecía nuestra serranía, mientras los actores y actrices coqueteaban entre ellos en su camino hacia la inmortalidad, él se dejaba enamorar por la luz que cada estación deposita sobre nuestras dehesas antes y después de que el Sol desaparezca tras las cumbres del oeste, por los olores con que abordan la jara, el tomillo y la lavanda, por el vaivén de las copas de los pinos o de las recias hojas de la encina, y por el arrullo de las aguas del Manzanares y del Guadarrama. Tan certero fue el flechazo que en 1959 decide crear sus estudios de cine en Las Rozas, en poco tiempo pasaron a ser de los más grandes del mundo. En ellos y en poblaciones cercanas se llevaron a cabo sus más ambiciosos proyectos, Rey de Reyes (King of Kings, 1961), 55 días en Pekín (55 Days at Pekín, 1963) ambas de Nicholas Ray, El Cid (El Cid, 1961) y La caída del Imperio Romano (The Fall of the Roman Empire, 1964) ambas de Anthony Mann. La fastuosidad en los rodajes era una de las máximas en los estudios de la «Samuel Bronston Productions», verbigracia el set de 55 días en Pekín, que ocupaba treinta hectáreas y participaron más de mil técnicos y de cinco mil extras, o los monumentales decorados para La caída del Imperio Romano, entre los cuales se encontraba una réplica, a escala, del antiguo foro romano, de la vía Apia y de las murallas. Era tal el apego que Bronston sentía por la zona que dispuso que sus restos reposaran en Las Rozas.
Fuera del amparo de la producción de Bronston, pero atraídos de igual manera por las condiciones ventajosas para los rodajes, se desarrollan otros de importancia capital en la historia del cine, entre los cuales cabe destacar Salomón y la reina de Saba (Solomon and Sheba, 1959) de King Vidor. Sus localizaciones dentro de nuestra Comunidad fueron: Colmenar Viejo, Manzanares El Real y La Pedriza, donde hubo que repetir muchas de las escenas debido a la repentina muerte por un fallo cardíaco de Tyrone Power que interpretaba el papel protagonista y que fue sustituido por Yul Brynner.
El éxito del incipiente género que a mediados de los sesenta bautizarían los franceses como «peplum» hace de la sierra de Guadarrama un lugar idóneo para su desarrollo, son muchas las productoras europeas que deciden asociarse para sacar adelante sus proyectos, este es el caso de Los últimos días de Pompeya (Li ultimi giorni di Pompei, 1959) de Mario Bonnard, y de la que Sergio Leone fue director no acreditado de gran
parte del metraje. Así entra en escena otro de los grandes enamorados de los parajes de nuestra serranía, que regresará a España para rodar su ópera prima, al menos a efectos de los créditos, El coloso de Rodas (Il Coloso di Roda, 1961); en una de las secuencias de dicha película los protagonistas desembarcan en el embalse de Santillana, sustituto del Mar Egeo, y se internan en La Pedriza. Pero es su afamada «trilogía del
dólar» la que catapulta al éxito tanto su nombre como el del joven Clint Eastwood, protagonista de las tres entregas, al igual que el del nuevo género que tomará el relevo del «peplum», el «spaghetti western», que usará los mismos escenarios naturales que su predecesor para ambientar sus tramas. Por un puñado de dólares (Per un pugno di dollari, 1964), La muerte tenía un precio (Per qualche dollaro in più, 1965) y El bueno, el feo y el malo (Il buono, il bruto, il cattivo, 1966) utilizan como escenario para el desarrollo de sus violentas, inmorales e inmortales tramas las extensiones pertenecientes a Colmenar Viejo, Hoyo de
Manzanares y La Pedriza, cuya orografía se verá fuertemente subrayada por el estilo visual de Leone y las piezas del genial compositor Ennio Morricone.
Aparte de cierto parecido estético, barba, lentes, frente despejada… encontramos circunstancias similares en la llegada de otro de los más grandes directores de cine a nuestro entorno geográfico, Stanley Kubrik. Tras ser despedido del rodaje de El rostro impentrable (One Eyed Jacks, 1960) debido a que su protagonista, Marlon Brando, se empeñó en dirigirla él mismo, recibió una oferta para sustituir a Anthony Mann en el rodaje de Espartaco (Spartacus, 1960); Mann a su vez había tenido desavenencias con el protagonista y productor de este filme, Kirk Douglas, quien se empeñó en contratar a Kubrick, con el que ya había trabajado en Senderos de gloria (Paths of glory, 1957). Paisajes aledaños a Colmenar Viejo y Navacerrada servirán como sustitutos a los de la península Itálica en el periplo del gladiador y su ejército de esclavos en su lucha por la libertad contra el Imperio Romano.
Y sin abandonar el Olimpo, en este caso el de los cineastas, reparamos en Orson Welles, otro encandilado del territorio español y sus gentes, prueba de ello es que su última voluntad fue que enterraran sus cenizas en la localidad malagueña de Ronda. El que es considerado por muchos como el mejor director de la historia del cine recorrió nuestro país en el rodaje de Campanadas a medianoche (Chimes at midnight, 1965) las localizaciones de nuestro entorno elegidas para la adaptación cinematográfica de esta obra del dramaturgo William Shakespeare fueron Colmenar Viejo y la Casa de Campo.
No quisiera terminar la entrega de este mes con la partida a medias, así que rescato una última baza de la baraja de los innumerables títulos que merecen, al menos, una discreta mención: La batalla de las Árdenas (Battle of the Bugle, 1965) de Ken Annakin rodada en distintos entornos naturales de la Sierra de Guadarrama y en El Molar. Orgullo de estirpe (The Horsemen, 1971) de John Frankenheimer, donde el antiguo campo de aviación de Manzanares el Real simuló ser un ejido afgano. Marco Antonio y Cleopatra (Anthony and Cleopatra, 1972) dirigida por el propio Charlton Heston, algunas escenas tenían como telón de fondo emplazamientos de El Molar. Mando perdido (Lost Command, 1966) de Mark Robson, rodada en Manzanares el Real. Y El regreso de los tres mosqueteros (The return of the musketeers, 1989) de Richard Lester, para la que se creó un decorado entorno al castillo de Manzanares el Real, simulando el foso y el puente levadizo de los que éste carece.








