POR Paloma Fernández
Su música no se deja encerrar en ningún género: Los ritmos flamencos, los caribeños, los orientales, el jazz y el pop dan cuerpo a unas letras que cuentan amores intensos y posibles, y que hacen reír sin olvidar lo que hay de triste. Todas las familias de instrumentos sirven para hacerla posible. Muchos la desconocen: Es la música de Javier Ruibal.
Este universo tan singular, rico en sonidos y sensaciones, expresa “el intento por distanciarme de lo que hacen los demás para evitar que se me adocene, y por mezclar géneros muy dispares”. Quizá los andaluces tengan un afán especial por las composiciones heterogéneas, “porque nuestra música la forman la flamenca, la árabe y la sefardí, y la guitarra nos trajo los cantes de ida y vuelta del Caribe. Pero no me mueven pretensiones académicas, sólo quiero hacer canciones”.
Esas canciones se definieron con un perfil muy propio ya desde su primer disco, Duna (1983), al que han seguido Cuerpo Celeste (1986), La piel de Sara (1989), el exitoso Pensión Triana (1994), Contrabando (1997), Las Damas primero (2001) y Lo que me dice tu boca (2005). Lo caracteriza la fuerza emotiva (“los besos que se repiten sobre el eterno remite de un corazón de papel”), el
humor de giros andaluces (“en Cádiz no hay ratón Pérez porque acabó en la ruina”), y la habilidad descriptiva (“un picor de franela y de pasión corre por mi corazón”). Como prometen los títulos, la temática es fundamentalmente amorosa, “con más o menos cama”, aunque lo social asoma continuamente: “Quiero referirme a las penas del mundo para estar en la realidad. Supongo que mi público también”.
Un público que tiene aspecto de gran familia. El aforo de sus innumerables conciertos siempre se completa con gente entregada a los rítmicos compases (“busco divertirla, las escuchas en plan devoto las hacen por su cuenta”); pero es un grupo pequeño en comparación con las masas que llenan estadios. “Hacer algo peculiar conlleva el riesgo de que tarde en entenderse”. Incluso algunas de sus obras se popularizaron en otras voces (como Ave del paraíso en la de Carmen París).
Mas la familia aumenta permanentemente: Muchos han quedado seducidos al descubrirlo encima del escenario, gracias a lo que Krahe llama el arte ruibalí: “Esa es mi vocación. Tratar de sorprender al profano. Y es que el peor de los conciertos será mejor que una grabación. Hay que confiar en la espontaneidad”. A veces el encuentro es más íntimo: En casa de algún seguidor se reúne medio centenar de personas para charlar y escuchar la voz y la guitarra de Ruibal: “Es la mejor forma de interiorizar la música, tanto para mí como para ellos”.
El gusto por el directo implica una labor dura: Son muchos y variados los instrumentos, y se requiere cuidar la coordinación entre quienes los tocan (Chano Domínguez, Andreas Prittwitz o Tito Alcedo). “La base es darles plena libertad de interpretación. Cómo no hacerlo con profesionales como el pianista Iñaki Salvador, con el que últimamente colaboro, si son todo un espectáculo”.
Javier Ruibal, poliedro sonoro
1 noviembre, 2011







