Hubo un momento en la vida de los habitantes de El Escorial en el que todo cambió para mejor. En 1875, el empresario gallego Matías López se afincó en los terrenos que hoy ocupa la Urbanización Parque Real, en El Escorial, para montar allí la fábrica de chocolates que resucitaría a un pueblo dormido por los albores del Monasterio y su entorno.
Entre 1865 y 1867 se había construido en estos terrenos una fábrica refinadora de azúcar que, bajo el nombre de “Rafael Taboada y Cia.”, se dedicaba al refinamiento del azúcar tanto blanco como moreno así
como de la destilación de melazas. Sin embargo, esta fábrica nunca llegó a funcionar correctamente, y prueba de ello es que la sociedad que conformó Rafael Taboada, “Alianza Industrial S.A.”, tuvo que buscar alguien para que comprara sus activos, tanto en forma de acciones como en forma de maquinaria pesada. En este ambiente de pre-bancarrota apareció la figura de Francisco Casalduero y Contes, amigo de D. Matías. Por aquel entonces, el empresario chocolatero estaba buscando un lugar donde emplazar su negocio, y la recomendación por parte de Casalduero de que lo hiciera en la refinadora de azúcar de El Escorial fue definitiva. Matías pagó por el edificio 125000 pesetas, y otras 75000 por el solar, la maquinaria y el resto de los objetos del interior.
Tal era la euforia de D. Matías López en el momento de comprar la fábrica, que comparó a esta con el Monasterio de El Escorial: “(…) cuando esa industria y esa actividad humana levantaron un templo frente a otro templo; maravilla el uno, admirable el otro por su sólida construcción, por la capacidad de sus dependencias y por los magníficos artefactos o máquinas que contiene para la elaboración de chocolates, que acaso, y sin acaso, sea la primera fábrica de Europa”. Y es que a Matías López le gustaba regocijarse con los datos que le proporcionaba su emporio chocolatero, por eso decía “Capitales y pueblos hay en nuestra España, que del consumo que hacen del chocolate, las cuatro quintas partes proceden de mi fábrica, y abrigo esperanzas muy fundadas que, a medida que se vayan conociendo mis productos por los consumidores de los restantes pueblos y ciudades del reino, se multiplicará la venta”.
Como buen empresario, Matías López sabía que para dar a conocer sus productos necesitaba valerse de las herramientas de la publicidad. Para ello, lo primero que hizo fue lo más sencillo en la época: usar el boca a boca. Por las calles de Madrid pronto se empezó a conocer el nombre de la Fábrica de chocolates de Matías López, puesto que lo que había hecho éste era mandar unas pequeñas muestras de sus productos a distintas tiendas de la capital. De esta manera los clientes que frecuentaban esos establecimientos podían probar sus chocolates, pero no podían adquirirlos porque aún no había llegado el stock suficiente. Con esta estrategia, Matías López se aseguraba que las tiendas le hicieran grandes pedidos para abastecer a los clientes que ya habían quedado encandilados con el sabor dulzón del cacao.
Sin embargo, el apogeo de la publicidad de la Fábrica de este gallego llegó a partir de 1875, cuando conoció por las calles de Madrid al publicista Francisco Ortego y Vereda, quien había llevado una vida digamos que “complicada” hasta ese momento. Ortego se había dedicado a realizar caricaturas satíricas
sobre la monarquía de Isabel II, lo que le había costado algunas vacaciones forzadas en la cárcel y la fama de republicano.A su vez, Matías López quería publicitarse, pero por entonces la mitad de la gente era analfabeta, por lo que el gallego pensó en que la mejor forma de publicitarse sería mediante un cartel que se leyera por sí solo.
Contrató a Ortego y Vereda por 8 pesetas, y éste se puso a crear unos cartones que pasarán a la historia de este país por ser los primeros carteles publicitarios que se pueden considerar como tal.En ellos, el artista plasmó su estilo personal, esto es, caricaturas muy cuidadas, vestidos a caballo entre lo goyesco y lo vulgar y el contraste entre personas de distintas clases sociales. Así, por ejemplo, creó el cartel más famoso de la Fábrica de Chocolates de Matías López. En él se podían ver a una pareja de mujeres famélicas, y por encima de ellas la frase: “Antes de tomar el chocolate de López”; a su lado, una pareja de muy buen ver, en cuya parte superior rezaba: “Después de tomar el chocolate de López”; y, por último, un par de personas de aspecto envidiable para la gente de la época y que estaban así porque eran los que “Toman dos veces al día Chocolate de López”. Este cartel, que las gentes del pueblo aún conocen hoy en día, tomó el nombre popular de “Los gordos y los flacos”, en clara referencia a sus personajes.
Además de la revolución que causó este cartel en el mundo de la publicidad, Matías López también fue pionero en el uso de su propia imagen en los letreros que acompañaban las cajas con el exquisito manjar. Tomó esta decisión después de que se crearan otras empresas de chocolate que se asemejaban mucho a la suya y le hacían competencia desleal: “Aviso importante: algunas fábricas de chocolate han adoptado en sus cubiertas los mismos colores de papeles que hace tanto tiempo venía usando la casa de Matías López, y para evitar equivocaciones, el Sr. López previene al público, que desde hoy llevarán las cubiertas de sus chocolates su retrato, y recomienda vean si la cubierta dice: Chocolate de Matías López. Llevan además en la pasta y cubierta el precio, nombre y apellido, rogando al público se fije muy especialmente en el nombre de Matías, pues hay otros fabricantes que llevan el mismo apellido” decía un envoltorio de los Chocolates de Matías López.
Matías López: un nombre simple y un apellido común, pero una persona con ideas brillantes y que supo entender a la sociedad, sus gustos y sus problemas. Un estratega empresarial que llegó a facturar 35 millones de pesetas al año con la venta de chocolates y productos sucedáneos. Un hombre que quedará para siempre en la memoria de los habitantes de El Escorial, que vieron la luz con una planta, el cacao, y con un nombre propio: D. Matías López.
Nacho G. Hontoria
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