Alicia M. Canto: “A la Silla de Felipe II quizá habría que llamarla `Altar antiguo de El Escorial´”

Hace unos años la prensa local y nacional se hizo eco de una sorprendente noticia. Parece ser que lo que todo el mundo llama Silla de Felipe II no era tal, si no más bien un altar de sacrificios de un pueblo prerromano: Los Vetones. Tres años después, otro arqueólogo, Jesús Jiménez Guijarro, llegó a afirmar que la roca de Canto Gordo, otro nombre de la silla, no solo no fue utilizada por Felipe II para vigilar las obras del monasterio, no fue ni visitada por el rey en ningún momento. Afirma este arqueólogo que la verdadera silla de Felipe II sería la roca llamada Canto Castrejón. En mitad de las antiguas fincas Campillo y Monesterio. Desde El Eco de la Sierra intentaremos ahondar lo más posible en la cuestión, y para ello, comenzamos por entrevistar a la arqueóloga que publicó el primero de los estudios: la doctora de la Universidad Autónoma de Madrid Alicia M. Canto, quien publicó, en 1999, un avance de un estudio sobre el origen y el uso que se le daba a aquel lugar, usado desde mucho antes que Felipe II lo descubriera.

¿Qué motivó que se pusiera a investigar acerca de la “Silla de Felipe II”?

Pues primero una observación de sentido común. Vivo cerca, y de siempre iba con mis tres hijas y nuestro perro a pasear por allí; es sano, y a los niños les encanta escalar aquellas peñas. Ya había notado antes que los asientos labrados no eran lo que se dice “regios”, sino pequeños e incómodos, y un día, hará 11 ó 12 años, sentada en ellos, me dije: “Pero ¿cómo podía Felipe II seguir desde aquí las obras del Monasterio, si está tan lejos y rasante?” Entonces empecé a pensar qué otra cosa podría ser. Como hacía poco que había visitado el santuario abulense de Ulaca, y estudiado el de Panóias en Portugal, y otros parecidos, me fijé en la curiosa forma de barca que también tiene “la Silla”, y en si el entorno más inmediato reunía características para poder ser algún lugar sagrado similar a aquéllos, y, en efecto, fui encontrando cantidad de indicios que así lo sugerían: zona fronteriza, abundancia de manantiales, bosque de robles, atracción de rayos por magnetismo férrico en su interior, presencia de setas alucinógenas, leyendas ligadas al lugar…

¿Cómo se desarrolló la investigación?

A esto siguió el correspondiente trabajo de biblioteca, lectura de fuentes antiguas y del siglo XVI, y de estudios posteriores sobre el Monasterio, que tiene un conjunto considerable de bibliografía. Comprobé que nadie había sugerido algo así, y que tampoco existía la famosa referencia a Felipe II, sino que el rey seguía las obras desde Abantos y San Juan, lo que era mucho más lógico. Al mismo tiempo empecé un estudio más amplio de la zona, su carácter de paso montañoso, posición en las líneas fronterizas serranas, etc., encontrando por allí más conjuntos parecidos, como el espectacular “Canto de Castejón”, conocido de antiguo pero poco visitado por estar en una finca privada, y que pude estudiar gracias a la alcaldesa de entonces, Dª Concepción Núnez; no fue posible, sin embargo, acceder a la prometedora finca “La Granjilla”. Poco después localicé otro peñasco similar a la “Silla”, pero aún más antiguo; la localización de éste la mantengo en reserva porque está muy dañado.

Cuando ya tenía todo bastante claro y estudiado, en abril de 1999presenté la investigación a la prensa; hubo bastante revuelo mediático (con las exageraciones de rigor), y acto seguido en un encuentro de arqueología hispano-alemán, en la Universidad Autónoma, donde la hipótesis fue muy bien recibida. En mayo publiqué un pequeño avance en la revista de mi Universidad (Cantoblanco, nº 7) y en el diario ABC. Hubo bastante revuelo periodístico, y ya en 2005 subí a Internet un artículo bastante bien ilustrado en www.celtiberia.net, aunque tengo pendiente de publicar el estudio científico por extenso.

Si la “Silla de Felipe” II no era tal, ¿Qué era entonces? ¿Qué uso se le daba?

Pues este tipo de estructuras, es decir, grandes peñascos situados en lugares geográficos relevantes, que se trabajan con una plataforma y una o varias escaleras, y presentan oquedades de distintas formas, solían ser altares a divinidades del lugar.

¿Cómo deberíamos denominarla entonces?

Quizá “Altar antiguo de El Escorial”, aunque creo que ésta sería una batalla perdida. El nombre actual está tan arraigado y extendido que sería imposible pretender darle otro.

¿Cómo llegó a la conclusión del origen vetón de lo que conocemos como Silla de Felipe II?

Porque una de las características de esta zona es su carácter fronterizo antiguo. Está delante de Las Peñotas y del paso hacia el Puerto de la Cruz Verde y la provincia de Ávila y, aunque en este lado de la vertiente de la Sierra, responde a tipologías vetonas; el mejor paralelo próximo es el del altar vetón de Ulaca. Esta parte de la Sierra era ya Carpetania, pero este tipo de ligeros desbordamientos no era raro, y, de hecho, en la Edad Media todo esto pertenecía a Segovia. Por esta zona tenemos tres inscripciones que mencionan una especie de “clanes” familiares: los Elguísmicos, los Aeláricos y los Úlbicos. Estos clanes, si bien hay algunos otros ejemplos en la actual provincia de Madrid, eran más típicos de los vetones; pero, vamos, lo principal sería la tipología del altar.

¿Las escaleras que se pueden apreciar en la roca son originales o han sido creadas a posteriori para facilitar el acceso?

En mi opinión las escaleras son antiguas pero han sufrido en los siglos XIX y XX fuertes trabajos de repicado, y adiciones de escalones, rellenos, etc. para su uso real y turístico, con los que se eliminó la pátina especial que dan los siglos. El granito al volverlo a trabajar queda casi como nuevo, pero he encontrado testimonios gráficos de un aspecto mucho más viejo.

¿Los monolitos que existen a la entrada de la Silla tienen también algo que ver con este altar?

No, esos monolitos son recientes. Lo que sí creo que tiene que ver, y mucho, es la gran piedra caballera que existe junto al altar, que se ve de frente justo cuando uno se sitúa entre esos monolitos. Es algo que había pasado desapercibido hasta que lo señalé, pero de frente tiene el aspecto de una cara feroz, y del lado izquierdo el de una rapaz. Para ambas cosas encontré paralelos en entornos antiguos, y las rapaces son otro de los indicios antiguos del lugar, de lo que queda rastro en el topónimo frontero, “Abantos”. A nosotros no nos dice nada una piedra caballera de este tipo, o que tenga cierto parecido con algo, pero para los antiguos estos fenómenos no eran naturales, sino señales de los dioses. La “cara feroz” que veo en ella la asocio con una inscripción romana “al Gran Marte”, hallada hacia 1861 a muy pocos kilómetros de aquí. En fin, es importante tratar de ver lo antiguo con los ojos de los antiguos, y no desde nuestros presentes niveles de información, porque entonces se pierde uno muchos detalles. El campo en España está lleno de indicios que pasan inadvertidos (¡y quizá sea ésa su mejor protección!).

¿Conocía Felipe II que en este lugar se realizaban ritos a favor de “El Gran Marte”, dios de la guerra?

Pues no me extrañaría; obviamente la inscripción a Mars Magnus, que era el cumplimiento de un voto de un tal Cantaber, no la conoció, pero sí sabía bien de lo “especial” del lugar cuando decidió hacer aquí el mayor panteón que nadie haya hecho a su padre, o sea, el Monasterio mismo. Que además, como sabemos, era también el cumplimiento de otra promesa, en su caso por el éxito de la batalla de San Quintín en 1557, que era también un hecho de guerra. Bueno, al menos me parece una notable casualidad.

¿Existe la posibilidad de que Felipe II no creara la Silla de Felipe II pero si accediera a ella para ver el desarrollo de las obras de su Monasterio?

Desde aquí se puede ver sólo una panorámica general, muy bella, y un sitio así, en el bosque de La Herrería, que era un lugar de caza habitual, claro que lo visitaría, pero no para hacer el seguimiento de las obras, eso sabemos que lo hacía mejor a pico desde San Juan. Otro inconveniente que comenté en su momento es que, dados los calzones tan abombados que se llevaban entonces, el espacio para sentarse debía de resultar muy incómodo. Pero también en este caso la asociación entre la “Silla” y el rey se consolidó para siempre a raíz de un muy premiado cuadro de 1889, de Luis Álvarez Catalá, cuando en 1925 se imprimió en los billetes de 100 pesetas. Por cierto que en este cuadro se puede apreciar un estado de “la Silla” distinto del actual, aunque ya estaba retocada hacía poco, en 1867 (esta fecha está grabada en una parte de la vertiente de la peña).

Continúa en “II parte entrevista a Alicia M. Canto”

email

Sobre Nacho g. Hontoria