El rincón de la Sierra de…. José Nicás Montoto

José Nicás Montoto, asturiano de origen y gurriato de adopción, vino por primera vez a San Lorenzo de El Escorial hace treinta y nueve años, y, al momento, se enamoró de este pueblo y de sus gentes. Aquí se casó y es padre de tres hijos. Lleva más de veinte años dando clase en el Colegio “La Inmaculada Concepción”, donde intenta compartir con sus alumnos su amor por la filosofía y el latín. Es doctor en Filología por la UCM y ha publicado los siguientes libros: La lira de Orfeo, Océanos de Dilmun y Venerables ruinas interiores (poesía); las novelas Y entonces vendrá el fin (reeditada como Los seguidores del Pastor Supremo I), Los seguidores del Pastor Supremo (II y III), La visita del Inquisidor (relatos), Manual de Ajedrez de la Comunidad de Madrid (coator) y Revisión del texto, léxico y traducción de los Fenómenos de Arato de Germánico (tesis doctoral).

MI RINCÓN PREFERIDO

            Cuando me ofrecieron la posibilidad de escribir unas líneas sobre mi rincón preferido de la Sierra de Guadarrama, confieso que experimenté cierta perplejidad: es tal la abundancia de paisajes y tantas las vivencias unidas a cada uno, que la elección resulta complicada. No obstante, poco a poco, acudieron a mi mente, cuatro o cinco parajes que me despiertan una ternura especial. En efecto, como un adolescente enamoradizo, he cambiado varias veces de preferencias. Así que, tras dejar atrás, no sin cierto dolor, la Cruz Verde, la Herrería o el Valle de los Caídos, he optado por refugiarme en el que hoy sirve de marco a los frecuentes paseos con que intento combatir los excesos de la siempre rebelde azúcar que, como una maldición –dulce maldición en apariencia- nos amenaza siempre a los diabéticos: la lonja del Monasterio.

            Como la mayoría, disfruto especialmente de la explanada que se extiende frente a la cara norte. Mis pasos recorren una y otra vez las líneas rectas que, a modo de callejas, constituyen las piedras lisas de granito, y, bien entregado a la meditación de los problemas diarios o, dejándome llevar de la belleza del conjunto, voy de un extremo a otro, deslizando mi vista por la portada de la basílica y el pasadizo que enlaza la Universidad con el Monasterio, o bien -¡maravilla donde las haya!- la mole del Abantos, por la que una serie de casas multicolores han ido ascendiendo quizá más de lo conveniente. Luego, noto cómo se me escapa una sonrisa de gratitud al contemplar el verdor de los árboles, que intentan, en vano, cubrir del todo su venerable cima.

            A un lado tengo una de las mayores obras de arte del mundo, y al otro mis queridos árboles, sin duda la obra más grata de la naturaleza. Casi hace ya cuarenta años que la marejada de la vida me trajo felizmente a este maravilloso pueblo, y puedo decir, con el corazón en la mano, que no termino de saciarme de la belleza de sus parajes. Muchas veces llevo un libro en mi paseo, y, cansado, me siento en las anchas piedras que enmarcan la lonja y, volviendo los ojos del alma hacia el monte, viene a mi mente un pasaje de la Biblia: “Como los días de los árboles, así serán los días de mi pueblo”. Sí. ¡Que tus días, San Lorenzo, sean plácidos y profundos como los días de tus árboles!

José Nicás Montoto,

doctor en Filología y escritor

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