HOY NO ES SU DÍA
Feb 1st, 2010 | By chema | Category: la revista, nº20 febrero 2010
Hoy no es mi día, en realidad, aún no lo he decidido… ya son casi las cuatro pi em y no me atrevo a levantarme de esta cama que me chupa para abajo y la muy hija de puta no hace nada por escupirme, y ni pensar en vestirme, ese esfuerzo de buscar que ropa me pongo, que pantalón está limpio o más o menos limpio y volver a sentir el tufo de mis zapatillas y pensar otra vez en que debo lavarlas y recordar que tengo que comprar jabón para esa máquina que ni siquiera funciona, y proponerme en llamar al service cuyo número de teléfono esta escrito en vaya a saber cual de los cien papelitos diseminados en toda la casa, mierda! Otro días más…
Decido encender el televisor, algo de compañía para un solitario día domingo más, en mi solitaria y única vida. La cajita chilla y llora y me martilla con noticias: la gente se está suicidando por la falta de dinero, de trabajo, de ganas y de sueños, como si fuera la única opción que ofrece esta realidad. El suicidio no discrimina ni a jóvenes ni a viejos, ni a mujeres, ni a hombres. Todos ellos arribaron a la única conclusión, la solución de sus vidas y a ningún costo, excepto para aquellos que tuvieron que comprar pastillas, pero en fin, es una solución barata que no supera los 20 pesos. La tele sigue chorreando mierda, las coimas en el senado, la renuncia del vicepresidente, la corrupción del gobierno anterior, la falta de esperanza, la tristeza generalizada que se convierte en desesperación, bla, bla, bla… en ese momento no puedo evitar que se me suelte desde el estómago un MUNDO DE MIERDA!… VIDA PUTA!… SOMOS MIERDA DE ESTA CLOACA!…
Pasan unos segunditos y tomo otra postura. Si, es mejor que me tranquilice, que vea las cosas desde otro ángulo, saco una cervecita de la heladera y la tomo con tanto apuro, como si fuera la solución a mis problemas, la respuesta a mis incertidumbres: tranquilo Jose, tranqui hombre.
Me recuesto en el sofá, decido llenar un poco el ambiente con música, trato de ser razonable, intento no dejarme llevar por la nostalgia, la angustia, esa que siempre me persigue y me corta en pedacitos y los deja por ahí todos desparramados y vivos, y yo continúo consciente contemplando impotente mis pedazos sangrantes e inútiles… como a sabiendas de un sueño… como si supiese que es un sueño, que no es real, todo está en mi mente… el enemigo será derrotado con sólo repetir; no existe, no existe, no existe. Y nada , che.
Empeoro, me veo patéticamente estúpido, recuerdo mis 29 años, al borde de los 30, y recuerdo que en España borde significa, idiota, antipático, si es lo que soy, es lo que siento, si me siento borde… es porque soy borde…pero no… es que estoy al borde de los 30 y de ser borde… ¡¡¡al diablo con la razón!!!…
Busco entre mis CD’s, James Brown me invita con un ladeo de cabeza, me hago el difícil y sólo para contradecirlo, elijo a Celia Cruz y le obligo a que me demuestre y me convenza que la vida es un carnaval… Celia fuiste la seleccionada a la segunda y serás mi compañía unas horas de domingo, te desafío a subirme el ánimo dominguero y darme fuerzas para cruzar el umbral que me conduce hacia el exterior de esta casa. Celia debe pensar que esto es depresión, pero no, ayer me hice un test de depresión en una página de Internet, y el resultado rezaba: “es mayormente probable que usted no esté deprimido”. Así que, no es depresión, quizá sólo sea un poco de soledad agravada por la falta de disciplina, orden y esfuerzo. Ah! Y de una mujer… sí señor, acabo de diagnosticar mi enfermedad. Por un instante me siento realmente bien, muy bien y no sé si atribuir este tramito de felicidad a Celia Cruz o a mi deducción. Decido salir, antes que se me pase. Afuera, a sentir el aire, a ver gente, a escuchar sonidos, y si se diera a tocar, ¡ojalá!.
Apenas comienzo a caminar, también comienzo a arrepentirme, el calor que hay en el aire es sencillamente inaguantable, mis pies empiezan a largar agua, imagino el olor que se cuece a dentro de mis zapatillas y hago cara de asco… a medida que avanzo las aureolas de transpiración se extienden por toda mi camiseta blanca y doy mala impresión.
Enciendo un cigarrillo y miro un cartel que dice: “ ¡La puta que vale la pena estar vivo!”… es un cartel amarillento que está más viejo que los calzones que llevo puestos… como si hubiese valido alguna vez la pena estar vivo, como si esa leyenda estuviera pasada de moda y su significado también. Sigo caminando y consumiendo mi pucho, y me digo: me estoy chupando a mi propia muerte, que diablos!!… ya me parezco a uno de esos patéticos e hipócritas que no se privan de prohibir fumar a la gente, si al fin y al cabo es un placer, y doy una buena seca con placer, eso es…me siento bien.
Mientras seguía mi paso, reflexionaba sobre el motivo, las causas de mis angustias. Comencé a la celebrar con regocijo, siempre moderado, el hecho, el regalo, el milagro de estar completito, camino porque poseo las dos piernas, muevo mis dos brazos al ritmo de mi paso casi artístico, mis dos manos y pies están intactos, no me faltan dedos, ni uñas, ni tengo artrosis, aunque suden como traficante de cocaína en aeropuerto. Mis ojos marrones de expresión melancólica y no por ello menos atractivos, me permiten distinguir cualquier mensaje en los carteles al paso, y a demás los comprendo porque alguna vez aprendí a leer y para colmo los medito y los relaciono y hasta he llegado a guiar algunos actos en honor a ellos. Ya estaba a punto de agradecer de rodillas a la vida y besar el suelo, cuando sentí deseos de ser, de haber nacido un bobo feliz. Descubrí que mis angustias se potencian con el paso del tiempo imperdonable, pero mi plan siempre había consistido en exactamente lo contrario, en que mis miedos y angustias se fueran aplacando con el correr de los días, y sentía que esta vida, la mía, me estaba traicionando. Siempre, o al menos la mayoría de las veces intenté ser optimista en las situaciones difíciles. No lo estaba logrando, me estaba saliendo el tiro por la culata, me sentí más fracasado que un perro que da mil vueltas para morder su cola, esa era mi cola, la felicidad.
Continué mi caminata tranquilo y consciente, quizá Sabrina me espera como de costumbre suelo imaginar, ella es como una lucecita, aunque ya hasta perdí la capacidad de sentir aquella plenitud cuando me enamoraba, ahora me esfuerzo por sentir tranquilidad, seguridad, esa palabra que tanto odiaba y me ponía los pelos de punta. Si habré pasado noches con Rubén discutiendo sobre los pro y los contra de la seguridad, y yo siempre defendiendo a uñas y dientes la inseguridad y la aventura de vivirla como forma de sentirse plenamente vivo. Ya no sé ni quien carajos soy. Si la vida me estaba traicionando.
Ella misma me desafió con cuestiones y me empujó a llegar a conclusiones usando silogismos que aprendí por ahí en algún libro de Aristóteles y el conocimiento científico, y luego mi simpatía por Santo Tomás de Aquino reafirmaron aquella manera de desglosar los pensamientos y crearon la necesidad de aterrizar en la tierra firme de las conclusiones. Conclusiones, en ese momento todo me condujo a pensar que hubo alguna falla, y una de las grandes. Algo salió mal, muy mal…
Creí que me estaba volviendo loco, o que el completo loco había sido Aristóteles, el que nos condujo como el culo, vaya a saber donde, y todos los que estuvimos de acuerdo con él, nos fuimos juntos al carajo. Quizá mi vida sin ese viejo loco y sin el otro santo casto y extremista que vivió tanto tiempo encerrado. Sin embargo, yo aquí sigo y el siglo 21 es más dificultoso aplicar tanta deducción… las infecciones del mundo, hoy empañan mis deducciones y mis premisas llegan a una pobre y esquelética conclusión. Entonces, mi vida era una mierda por culpa del mundo, de las premisas, de las infecciones y de todos. Y yo que, una pobre víctima de esta sociedad devoradora. Creo que con esta afirmación, no me estoy haciendo cargo de mis problemas, me estoy victimizando, pero lo prefiero antes que sentir culpa.
Ya son las seis de la tarde y no me decido a llamar a Sabrina, después de dar unas 13 vueltas a su manzana, creo que es hora de llamar a su puerta, quizá ni siquiera está en su casa hoy. Además si sigo caminando el olor a chivo que me acompaña no será de gran atracción para ella, bueno, bueno ya.
Sabrina me guiña su ojo derecho, me invita a tomar unos mates en su departamento.
No dejo de pensar en la suerte que tuve al encontrarla, mientras ella vierte el agua de la pava en el mate de madera. Su casa huele a perfume de ambientes, antitabaco si no me equivoco, lo que me recuerda encender un cigarrillo, SAbri me mira triste y empieza a contarme sus penas de amor; la pucha, vengo a que me levanten el ánimo y tengo hacer de fiestero yo, en fin, sentí como si hubiera roto todos los espejos que se cruzaron por mi camino durante 29 años, y que no faltó gato negro que se empeñara en pasar frente a mí… ni siquiera sabía lo que yo buscaba en ella, algo. Pero no tenía idea que. Ella, la chica inteligente y liberal, con gusto y parte integrante y protagonista del arte. En cierta forma, admiraba a Sabrina en sus sandalias con taco de aguja de 16 cm de alto. A veces hasta sentía la seguridad de estar enamorado de ella, pero, siempre sentía un pero que sobrevolaba mi cielo nublado y lluvioso.
El sabor de los mates, lavados, fríos y demasiado dulces de mi querida Sabrina me devolvieron a la realidad. Ahora ella me preguntaba que me parecía, que pensaba yo, justamente Yo, de ese tal Agustín que había conocido dos fines de semana atrás. A mí, que hace unos minutos hasta llegué a pensar en hablarle de amor. Que iba a pensar de un amante que conoció hace tan poco y que parece usarla como medias cuando siente frío en los pies. Mujeres… pero si yo a veces no logro entenderme, que esperanzas voy a tener de descifrar a las mujeres. Sabrina, me estás desilusionando, le dije, esperando una reacción de arrepentimiento, una reflexión de su parte, un darse cuenta, un despertar, un abrir de ojos. El entendimiento de que ese infeliz no la merece, no la quiere, que es un pobre diablo incapaz de satisfacerla.
Pero claro, que podía conseguir yo con esa chusca frasecita: me estás desilusionando, remarcando su nombre delante para que se sienta bien herida, mal herida. Dispare y guarde el arma. Y hubiese borrado mis huellas cuando ella contestó: Jose no te sientas afectado, pero es mi vida y ya sé con quien enroscarme y con quien no. Sabri, intenté arreglarla, sos una mina de bien, necesitás a alguien que realmente te quiera. Cada vez que reflexionaba sobre mis propias frases quería desaparecer como por arte de magia. Dios mío, soy un retardado, nunca podía cruzar, con una mujer que me gustara, dos frases inteligentes o al menos coherentes. Me limitaba a decir justamente lo que siempre pensaba que nunca debía decir.
Que me lleve el diablo, mejor me las piro y sigo dando vueltas por este domingo con poco tráfico y suficientes frases estúpidas.
F. González
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