TOCA ALBERT CAMUS
Feb 1st, 2010 | By chema | Category: portada
Este expediente incoado por los mercaderes culturales que consiste en rescatar de la morgue fiambres ilustrísimos y airearlos mediante reediciones, re-representaciones y congresos durante trescientos sesenta y cinco días con excusas tan fútiles como el centenario de su natalicio o el cincuentenario de su fallecimiento (fecha infausta e indigna de recordación); este tonto recurso, digo, -¿Porqué no memorar el primer polvo, la primera blasfemia, la penúltima diarrea?- no siempre viene desprovisto de ventajas, pues acarrea, cual aceite de ricino, una sana depuración en los escaparates de las librerías, intoxicados de interminable nadería excrementada por analfabetos funcionales pero familiares al pánfilo televidente. E inclusive fuerza al grueso de la intelectualidad, esos ratones de biblioteca entre los que me cuento, a apearse de su soberbia, auto-diagnosticándose lagunas, lagos, océanos de ignorancia, pues el conocimiento omnímodo es patrimonio de los dioses. ¿De qué, si no, hubiera yo devorado en 2009, a los cien de ser parido y cincuenta de publicar “El origen de lasespecies”, la gesta humano-científica de Charles Darwin?. Así mismo subsistía el abajo firmante, inexplicablemente hasta hace una década, de espaldas al escritor más esencial de la historia, de la historia repito, desaparecido en 1900: Antón Chejov.
Pero, en fin, enfrentémonos ahora a Albert Camus quien engrosó en 1960 la siniestra estadística de muertos en carretera, circunstancia esta que, en principio pudo atribuirse al cansancio vital del premio Nobel argelino de raíz genealógica hispana, pero en realidad causada por motivo baladí, viajaba sin cinturón de seguridad.
Accedí a Albert de manera tardía -siempre llego tarde a todo o quizá demasiado pronto- en la primera juventud, cuando cayó, de chiripa, en mis manos “El mito de Sísifo”, aquel tipo inasequible al desaliento en la infructuosa tarea de subir y bajar el pedrusco de la montaña. “Un seis y un cuatro, la cara de tu retrato”, deduje gozoso, porque es de grandísimo consuelo tropezar con alguien sumido en tu propio absurdo y, por añadidura, sabe expresarlo con la desfachatez y lúcido cinismo camusianos. Luego aluciné con “El extranjero”, exudación de su vivencia africana donde asiste al entierro de la madre mallorquí (Su único sostén afectivo pues apenas conoció al padre carne de cañón en la 1ª guerra mundial), con semblante pétreo en apariencia, porque la procesión del creador siempre debe ir por dentro. La capacidad de distanciamiento del huérfano, su británica indiferencia al lúgubre entorno siempre aliñada de erotismo, pues fue adicto a las mujeres, cosa más natural, aunque con preferencia por María Casares (hija del último y desastroso Presidente de la II Republica Española, Casares Quiroga), su inexplicable seguridad de estar llamado a mejor destino, y un sello precioso, inefable, engendrado por la rebeldía sin cuartel hacia Dios y el Diablo, hacen de él un raro en el sentido rubeniano. Sobre todo hacia el Diablo, titulo ostentado, ya en su época parisina, por Jean-Paul Sartre y Simone de Beavoir, ambos adictos, pudiéramos decir babosos, a los dictados de Moscú, una dictadura estalinista esta, cuya atrocidad era tan perceptible (para quien quisiera oír) como atroz. Inmerso, aceptado, festejado por la gloriosa elite, va Camus y escribe “El Hombre Rebelde” y “El Exilio y el Reino”, corrosivos alegatos contra cualquier manera de tiranía –“Nazis y soviéticos son iguales”, afirmó en plena segunda posguerra-, pasando a sufrir por ello la marginación ética, la oprobiosa clasificación como “enemigo del pueblo”, el dictamen de traidor. A mayor abundamiento, con ocasión de la lucha argelina en pos de su independencia, causa razonable y sangrienta por la obcecación gabacha, declaró: “Entre la justicia y las bombas prefiero la justicia”, aserto en verdad chocante entre todos aquellos paladines (siempre desde su confortable escritorio) de la violencia como autopista directa hasta el cielo. O sea vía Bush, ¿Y Obama? “¿Tu quoque, Bruto?” que exclamó Cesar.
Antes de esto, el mallorquí había producido “Calígula”, “La Peste”, “Los Justos”, “La caída”, etc, soberbios tesoros que forzaron a la Academia Sueca a concederle en 1957 el jodido galardón, ante el cual Alberto mostró indiferencia magnifica (“Me interesa más el corriente lector”). Bueno, solo te digo que su propia hija, de maternidad dudosa, ignoraba el oficio que su progenitor había prestigiado a base de talento, hombría (o mujerío) e inteligencia, el de Literato con MAYÚSCULAS. Camus, sí. ¡Pero siempre Camus!
. JOSÉ ANTONIO ATANET
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