La increíble, pero cierta historia, de Matías el Gallego

Jul 31st, 2010 | By chema | Category: la revista, nº26 Agosto 2010

Años antes ante el pelotón de fusilamiento pensé…. Matías dejó de escribir, sonrió, después de todo cien años de soledad era su libro favorito. Y ¡qué diablos¡ aquello era cierto. Lo único que llamar pelotón de fusilamiento a eso, dos soldaditos imberbes y un sargento no menos joven. Matías ya recordaba pocos detalles de aquellos tiempos, siete décadas, ni más ni menos, en el pueblo solo quedaba la leyenda, el rumor silenciado por el tabú. Eran los primeros días de 1938, si todo fuese normal un martes más de carnaval, pero en España no estaban para muchas fiestas tras dos años de guerra fraticida que parecía estar terminando.

Volvió a escribir algo, recordaba el tiempo que hacía, nieve en las montañas, hielo en las entrañas escribió un día en un poema. La verdad es que le estaba costando escribir aquel episodio de su vida, a él, que se había hecho famoso por sus novelas de más de 800 páginas, nunca había escrito sobre su vida, por lo menos de su vida anterior a la llegada a Argentina. Pero tenía que seguir, dejar constancia de aquel acontecimiento, dejar constancia por escrito de eso que a veces cuenta y nadie cree. Miró al papel, allí en perfecta letra de tinta azul estaba él ante aquel pelotoncillo de fusilamiento.

No era normal que se hiciesen esas cosas delante de todo el pueblo pero Paco el de la Petra quería dejar las cosas claras desde el primer día. Por eso estaba él, aunque apenas tenía 14 años nadie del pueblo se sorprendía de su presencia allí, después de todo era hijo de un Sargento Republicano que acababa de morir en Madrid. ¿Pero el maestro?. Nadie sospechaba nada del maestro, era un buen hombre, omnipresente con su traje marrón y su corbata oscura, la única referencia cultural de los niños del pueblo desde toda la vida, tal vez el que más sabía del pueblo, tal vez por eso estaba allí, algunos maldicientes dudaban de su sexualidad, era raro que no estuviese casado ni se le conociesen escarceos con ninguna moza del lugar. O puede que fuese por una venganza personal de Paco que siempre había sido un poco zoquete, decían. De todo se iba especulando en el corrillo que se iba formando tras los ejecutores.

Matías estaba ante aquellos niños, un poco mayores que él. Veía a Paco que sonreía satisfecho, a Don Juan el alcalde, el cura y el resto del pueblo con cara compungida. Matías recuerda que incluso había alguien disfrazado a medio celebrar aquel martes de carnaval. Don Juan lagrimeaba al tiempo que negaba con la cabeza. Cuando Paco dio la orden de apuntar, el alcalde tras empujar a los que estaban delante de él salió corriendo hacia ellos. Matías pensó que aquel hombre de bien no podía consentir que fusilasen a un niño. Paco mantenía la mano levantada mientras estupefacto observaba aquella escena, aunque salvase al niño, al maestro no lo salvaba ni el maldito Pitágoras en persona.

Don Juan llegó a su altura dando grandes aspavientos y todo el pueblo aplaudió cuando vio como alcalde y maestro se fundían en uno solo con un beso apasionado. Paco bajó la mano gritando ¡fuego!, y todas las balas fueron para la recién revelada pareja. Ambos cayeron abrazados y Matías apenas recuerda como una mano fuerte le agarró del brazo y se le llevó corriendo aprovechando la confusión.

Poco después estaba en un barco rumbo a México, donde se hizo un hombre de provecho y años después en Argentina un ilustre escritor.

Matías corrigió su relato y con mano temblorosa escribió su título,La increíble pero cierta historia de Matías el Gallego

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